El campo lucha. Tractores cortando calles en toda Europa, lazos verdes por doquier, indignación generalizada.
Mientras tanto, los consumidores ejercemos nuestra -manida- libertad de adquirir bienes y servicios de cualquier parte, menospreciando lo que tenemos cerca. Los motivos pueden ser muchos: porque se busca lo novedoso, lo más barato, procesos más sencillos… sin embargo, ¿nos hemos parado a pensar qué significa esa decisión a largo plazo?
Pues que aceptamos que el destino de nuestros alimentos se decida lejos y en despachos. Despachos de políticos, despachos de grandes productores e intermediarios, despachos de fondos de inversión. Perdemos capacidad de decisión, léase: perdemos libertad. No solo compramos, nos vendemos.
El consumo local juega un papel fundamental en el desarrollo de la economía local. Cuando adquirimos productos o servicios de cercanía, se generan puestos de trabajo directos e indirectos, lo que a su vez impulsa el crecimiento económico de nuestra comunidad. Y eso sí que tiene efecto llamada, porque la riqueza se reparte y los trabajos son dignos. Cuando compramos fuera, en grandes superficies, no sabemos la procedencia real, y estamos viendo cómo los grandes se hacen más grandes, cada vez tienen más cuota de mercado, asfixian a los pequeños hasta y acaban con toda la competencia, estableciendo los precios que quieren. Lo estamos viendo con la vivienda, en manos de fondos de inversión y grandes tenedores. Libertad para hoy, hambre para mañana.
Otro aspecto importante es que el consumo local ayuda a mantener la identidad cultural de una región, preservando territorio, costumbres y tradiciones del lugar. La globalización, con todas sus posibles ventajas, hace que cada vez sea todo más homogéneo, lo que nos venden como “especial” en realidad no lo es, porque se puede encontrar en cualquier parte. Lo auténtico es lo local.
Si lxs pequeñxs productores venden localmente pueden recibir un precio justo y, con ello, mantener sus explotaciones activas proporcionando alimentos de calidad a su población. Se regenera tejido social y económico, se llegan a acuerdos para defender lo propio, y hay menos dependencia de factores y shocks externos, al lograr la soberanía alimentaria.
Concretamente en el mundo del olivar, ¿qué beneficios tiene consumir local? Pues empecemos con un ejemplo sencillo: pues que reactivando la olivicultura tradicional ya no sale rentable, por ejemplo, vender los olivares para que otros pongan macroparques fotovoltaicos, y en caso de enterarse de expropiaciones forzosas los propietarios se unen para luchar contra ellas y sus poderosos propietarios.
La cooperativa Aceites La Peraleña cumple en breve 71 años, redefiniendo su misión y visión para continuar la tradición olivarera asentada en Perales gracias a las almazaras familiares que funcionaban en el municipio desde hacía cientos de años. Centenarias como nuestras olivas, vaya. Trabajamos para mantener la producción de nuestros zumos, divulgando las bondades de nuestras variedades locales, de calidad excepcional, honrando así la sabiduría y labor de nuestros antepasados. Y sí: así luchamos activamente por lo nuestro.
Si queremos defender el campo, defender lo nuestro, debemos volver a consumir local.